lunes, 10 de diciembre de 2012
sábado, 8 de diciembre de 2012
APOLO XVII
El siete de diciembre se cumplieron 40 años de la última misión a la luna; Apollo XVII.
En el vídeo podrás observar a los astronautas cantando, corriendo, saltando y hasta uno de ellos hacer un blooper, probablemente debido a un retardo en su adaptación sensorial al nuevo entorno de fuerza de gravedad. Lo podrás ver allí por el minuto 8.
Su tripulación. Comandante Eugene A. Cernan, piloto del módulo lunar, el geólogo Harrison H. Schmitt -al que llamaban con el apodo Jack- y el piloto del módulo de mando Ronald E. Evans.
Como siempre se recuerda a los tres primeros que allí llegaron -Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin-, considero que es un digno, merecido y equilibrado homenaje recordar también a los tres últimos.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Las crisis y los mitos
Interesante punto de vista de John Allison al respecto de la crisis y la liberalización.
La crisis financiera y el mito de la liberalización financiera
por John Allison
John Allison es Presidente y CEO del Cato Institute.
Los partidarios de un Estado grande han construido la política económica sobre una serie de mitos. Uno es que los ‘capitalistas ladrones’ se aprovecharon del hombre común y corriente para crear sus fortunas. De hecho, los grandes industrialistas, como John D. Rockefeller, mejoraron dramáticamente la calidad de vida de todos. Otro mito es que el New Deal del presidente Roosevelt acabó con la Gran Depresión, cuando de hecho la depresión no se acabó hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando sus políticas fueron abandonadas.
El nuevo mito es que la reciente crisis financiera y fracasada recuperación fueron causadas por la liberalización bancaria y la ambición en Wall Street. En honor a la verdad, la industria de la banca nunca fue desregulada. Hubo un aumento masivo de regulaciones durante la administración Bush, incluyendo la Ley de Privacidad, la Ley Patriota y la Ley Sarbanes-Oxley. La industria de la banca fue mal regulada, no desregulada. Estas nuevas leyes dirigieron fundamentalmente mal la administración del riesgo bancario. Siempre ha habido mucha ambición (y miedo) en Wall Street. Sin embargo, no hay ni una gota de evidencia de que una plaga de ambición invadió las finanzas.
La crisis financiera fue principalmente causada por la política estatal. No vivimos en un libre mercado. Vivimos en una economía mixta. La industria de la tecnología es en gran medida libre de regulaciones y como resultado se ha desempeñado bien durante varios ciclos económicos. Los servicios financieros constituyen la industria más regulada en el mundo, y como esto es así, no sorprende que la industria haya sido tan problemática.
La verdadera causa de la crisis financiera fue una combinación de errores por parte de la Reserva Federal, junto con la política estatal de vivienda, que fue implementada por Freddie Mac y Fannie Mae. Nada de esto hubiera existido en un mercado libre.
A principios de los 2000 Alan Greenspan estaba acercándose al final de su carrera en la Fed mientras que EE.UU. estaba experimentado una pequeña corrección económica. Greenspan quería salir como un héroe, entonces él ‘imprimió’ dinero para crear unas tasas de interés reales negativas gracias a las cuales uno podía prestar a una tasa menor a la tasa de inflación. Esto condujo a un gigante incremento del endeudamiento.
Cuando la Fed imprime dinero pensamos que somos más ricos de lo que en realidad somos y esto crea un consumo excesivo. El consumo en gran medida migró hacia el mercado de bienes raíces residenciales gracias a las cuotas de préstamos asequibles para vivienda impuestas por el Congreso sobre Freddie y Fannie.
Por cierto, la vivienda constituye un consumo más no una inversión. Usted puede consumir una casa de igual manera que consume un auto. Durante la bonanza liderada por el Estado, la vivienda experimentó un excedente de capital en medio de un déficit de capital para los innovadores comerciales.
Irónicamente, en lugar de ser causada por la ambición, la causa filosófica de la crisis financiera fue el altruismo. El altruismo no es lo mismo que la benevolencia. Todos son más importantes que usted, según el altruismo. Como lo interpretan los estatistas, el altruismo significa que el colectivo es todo y el individuo no importa.
Todos tienen el derecho a una casa agradable. ¿Provista por quién? Todos tienen el derecho a una atención médica gratuita. ¿Provista por quién? ¿Mi derecho a la atención médica gratuita es mi derecho a obligar al doctor a proveer la atención o de obligar a otro a pagar por mi doctor? Todo esto está en conflicto con el concepto tradicional de derechos en EE.UU. Según este concepto, cada uno de nosotros tiene derechos sobre lo que uno produce. No tenemos derecho a disponier de lo que otra persona produce.
EE.UU. debe cambiar radicalmente de dirección. El fundamento para ese cambio es filosófico. La cura para nuestros problemas son los principios que hicieron de EE.UU. una nación grandiosa en primer lugar: La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Usted tiene un derecho moral sobre su propia vida y sobre el producto de su trabajo, incluyendo el derecho de regalar cuanto desee de lo que produce a quien usted desee regalárselo. Los conceptos políticos que se derivan de estas ideas filosóficas son los derechos individuales, un Estado limitado, los mercados libres —o, dicho de manera más sencilla, el capitalismo.
Este artículo fue publicado en la revista Forbes (EE.UU.) en la edición del 10 de diciembre de 2012.
sábado, 6 de octubre de 2012
PARÁMETROS ECONÓMICOS
Hace unos días la presidente Cristina Fernández de Kirchner dió apertura a la cátedra Argentina en la Universidad Georgetown de Estados Unidos. El momento fue esperado con ansias, entre otras cosas, por la posibilidad de la que dispondrían los alumnos de hacer preguntas a nuestra mandataria, alternativa virtualmente vedada en el contexto local más allá de algunos intercambios pasajeros y efímeros al ingreso o salida de algún acto de gobierno.
La presidente argentina en el grueso de las respuestas no abordó los puntos que se le habían solicitado en las preguntas, fue un compendio de giros y rodeos para salvar los conceptos que forman el núcleo duro de las decisiones económicas que su gestión viene profundizando. Si bien en la conferencia se habló de ciclos históricos y políticos, nos interesa aquí resaltar dos puntos importantes que tienen que ver con el dinero y el tipo de cambio. Se pretende explicar parte de las inconsistencias que aparecen en los argumentos oficiales de política económica, a la vez que mostrar ciertos aspectos de la dinámica que obtura el poder de compra de los ciudadanos cuyos ingresos descansan en salarios -a la vez que los mantienen en una ficción de mejora-, mediante licuación por efectos inflacionarios.
En un momento de la argumentación Cristina Fernández recordó y fustigó el período de convertibilidad, indicó que es irrisorio pensar un dólar equivalente a un peso como anclaje nominal; las diferencias de las estructuras económicas que una y otra moneda representan es el argumento central para negar aquella equivalencia. Si bien posee veracidad tal conclusión, en ella tan solo se observó una parte de la película, la estática. Lo importante como anclaje entre las monedas y que pone en alarma la imposibilidad de igualación entre economías con diferencias estructurales tan agudas, no es el número en sí, sino la dinámica y la variación de aquello que el número representa. La visión cobra otra cualidad incorporando parámetros dinámicos y ahí lo que ingresa como aspecto determinante es el tiempo.
Cada moneda representa, sintéticamente, la productividad del ciclo de negocios y de bienes y servicios de una economía en términos de la otra; mantener inamovible a lo largo del tiempo el tipo de cambio entre dos monedas quiere decir que la productividad del ciclo de producción de esas economías, en ese mismo tiempo, no ha variado. Por ejemplo, un peso representa en una economía 10 productos de 10 centavos, y un dólar representa en otra 10 productos de 10 centavos de dólar. Si luego de diez años la economía que representa dólares ha multiplicado la productividad y ahora ha creado 20 productos, un dólar representará más en términos de bienes y servicios que un peso. Por lo tanto, las personas en el mundo pretenderán obtener dólares y no pesos. Tal vez hemos simplificado el ejemplo en demasía, dado que no se incorpora el efecto de la emisión y el mercado del dinero puntualmente, pero para los fines de la explicación es pertinente y muestra una dinámica que en economía es insoslayable.
Haber mantenido un peso igual un dólar en la década del 90 significó que la productividad media de la República Argentina se incrementó en igual intensidad que la productividad media de Estados Unidos. Y es ahí donde el modelo de convertibilidad falló y debió haber sido ajustada la simetría ya en 1994.
Ahora bien, mantener vía intervención durante un cierto tiempo una paridad nominal sin ajustes -supongamos de 4,5 a 1-, entre dos economías asimétricas como la Argentina y la de Estados Unidos, recrea igualmente el efecto mencionado sobre la convertibilidad.
Solo debemos cambiar el número 1 por el número 4,5 en los billetes y, si se mantiene inamovible esa paridad a lo largo de los meses, estamos esencialmente montados en la misma dinámica que en plena época convertible. Hoy la paridad está apuntalada por otro tipo de intervención, nuevamente un factor exógeno a los determinantes estructurales que definen la paridad de las monedas está obturando la tendencia a sus equilibrios; en algún sentido continuamos en convertibilidad. Argentina en los últimos años ha controlado el mercado cambiario haciendo todo lo posible para anclarlo y dejarlo librado tan solo a pequeños movimientos por temor a la escalada inflacionaria, de esta manera la productividad estructural Argentina es obligada a correr en paralelo a la de Estados Unidos, representada por el dólar. Intentar algo así es como obligar a un niño que comienza a dar sus primeros pasos, a mantener los tiempos de Usain Bolt en la prueba de 100 metros de velocidad. Primera falacia del discurso al descubierto.
En otro momento la presidente hizo referencia a la cantidad de dólares per cápita que poseen los habitantes argentinos, argumentando que los brasileros poseen algo así como 6 dólares y los argentinos alrededor de 1300. Es sencillo confirmar la veracidad de tal aseveración con tan solo multiplicar esos números por la cantidad de habitantes y comparar el resultado con las reservas líquidas de una y otra economía. Haciendo esto podemos ver que el dato para argentina da 52 mil millones de dólares, aunque para Brasil da tan solo mil doscientos.
Para ejemplificar lo que significa manejar los números de la manera que lo hace nuestra presidente y sus asesores, recurriré a un ejemplo sencillo de la cotidianeidad de nuestras vidas. Imaginemos a Rodrigo, un joven de mediana edad que observa los efectos del invierno en su abdomen prominente y decide ir a un gimnasio con la intención de verse bien en este verano que se avecina. El dueño del gimnasio y a sabiendas de la competitividad de los hombres por levantar más y más peso decide, para incrementar su clientela, cambiar los números de las pesas.
Así, los discos que pesan 5 kilogramos los denomina con una inscripción que dice 10 Kgs, a los de 10 con 20 y así para todos los pesos del gimnasio. De ésta forma y al poco tiempo de comenzado el trabajo, Rodrigo encontrará rápidamente que levanta pesos insospechados, se siente fuerte y adentro del gimnasio todo es alegría y vigor; las personas levantan cientos de kilogramos y se van de allí satisfechas a sus hogares.
Pero como la vida no se reduce a un entorno cerrado y simulado en una forma tan acotada y predecible, tarde o temprano llegará el momento en que Rodrigo irá, por caso, a un cumpleaños. Charlando con amigos decide contar que en el gimnasio levanta ciento cincuenta kilogramos en el ejercicio de pecho. Sorprendidos al principio y observando la simetría de su cuerpo, sus amigos descreerán de la afirmación y, con cierta dosis de jactancia, transformarán a nuestro entrañable Rodrigo en el hazmerreír del cumpleaños. Sin embargo, hastiado y con la fuerza del convencimiento, Rodrigo se empuja a redoblar la apuesta. Propone entonces para ir al día siguiente al gimnasio que designen para demostrar su fuerza efectiva.
Llegado el momento colocan sobre sus brazos el rigor de ciento cincuenta VERDADEROS KILOGRAMOS de puro hierro. A sabiendas de la imposibilidad de Rodrigo y “conociendo el paño”, cuidan de no soltar todo el peso sobre la humanidad del entrañable proyecto de atleta, lo hacen lentamente y ven como su cara comienza a emanar gestos de un esfuerzo inconmensurable, cambia la tonalidad del color de la piel a la vez que denota cierta desdicha y desilusión en el movimiento de sus cejas y su frente.
Luego de unos minutos y en medio de intercambios para atemperar el desasosiego de Rodrigo, quitan peso y dejan la barra con 75 kilogramos. Rodrigo se entrega a un nuevo esfuerzo y ve que ahora si, su fuerza se corresponde con el movimiento.
Terminada la experiencia entonces, Rodrigo indica que había sido instruido con otros pesos y otros parámetros, a lo que sus amigos responden que los pesos eran los mismos que aquí cuando elevó el hierro puro, que eso no había cambiado a términos de la física, sino que el dueño del gimnasio a donde había desarrollado su entrenamiento era un mentiroso; que un kilo es eso que tanto le costó aquí y no aquello otro que tan poco sintió allí. Terminan la experiencia de luz que el encuentro permitió con una frase y una amigable palmada de hombro; “Bienvenido a la realidad…”.
Hoy en Argentina los trabajadores están sufriendo el efecto Rodrigo aunque aún no lo han percibido con la contundencia del ejemplo. El dueño del gimnasio (o mejor dicho la dueña) comienza a necesitar cerrar libertades para evitar la socialización y el intercambio económico individual de sus dirigidos con el resto del mundo. Paralelamente, pretende indicar a otros gimnasios que el concepto de peso -la denominación kilogramo-, no es el que a lo largo del tiempo han creído que era y que, en definitiva, todo esto es una construcción fruto de negociaciones y pujas sociopolíticas. Olvida la representación de la producción que tales números conllevan en sí mismos, la cantidad de peso en bienes y servicios que un billete puede levantar y que depende directamente de la productividad del trabajo y del fondo de trabajo acumulado y acumulable de una economía; SU FUERZA.
A diferencia del entrañable Rodrigo nuestra presidente y sus asesores no se atreven a probar sus postulados con el rigor de la experiencia, y es por eso que desdeñan y evitan ser preguntados; se saben interpelados. Saben más que ninguno de nosotros que, a ciencia cierta y con el peso adecuado, la economía argentina mostrará su fuerza como Rodrigo con ciento cincuenta kilogramos en sus frágiles brazos.
La presidente argentina en el grueso de las respuestas no abordó los puntos que se le habían solicitado en las preguntas, fue un compendio de giros y rodeos para salvar los conceptos que forman el núcleo duro de las decisiones económicas que su gestión viene profundizando. Si bien en la conferencia se habló de ciclos históricos y políticos, nos interesa aquí resaltar dos puntos importantes que tienen que ver con el dinero y el tipo de cambio. Se pretende explicar parte de las inconsistencias que aparecen en los argumentos oficiales de política económica, a la vez que mostrar ciertos aspectos de la dinámica que obtura el poder de compra de los ciudadanos cuyos ingresos descansan en salarios -a la vez que los mantienen en una ficción de mejora-, mediante licuación por efectos inflacionarios.
En un momento de la argumentación Cristina Fernández recordó y fustigó el período de convertibilidad, indicó que es irrisorio pensar un dólar equivalente a un peso como anclaje nominal; las diferencias de las estructuras económicas que una y otra moneda representan es el argumento central para negar aquella equivalencia. Si bien posee veracidad tal conclusión, en ella tan solo se observó una parte de la película, la estática. Lo importante como anclaje entre las monedas y que pone en alarma la imposibilidad de igualación entre economías con diferencias estructurales tan agudas, no es el número en sí, sino la dinámica y la variación de aquello que el número representa. La visión cobra otra cualidad incorporando parámetros dinámicos y ahí lo que ingresa como aspecto determinante es el tiempo.
Cada moneda representa, sintéticamente, la productividad del ciclo de negocios y de bienes y servicios de una economía en términos de la otra; mantener inamovible a lo largo del tiempo el tipo de cambio entre dos monedas quiere decir que la productividad del ciclo de producción de esas economías, en ese mismo tiempo, no ha variado. Por ejemplo, un peso representa en una economía 10 productos de 10 centavos, y un dólar representa en otra 10 productos de 10 centavos de dólar. Si luego de diez años la economía que representa dólares ha multiplicado la productividad y ahora ha creado 20 productos, un dólar representará más en términos de bienes y servicios que un peso. Por lo tanto, las personas en el mundo pretenderán obtener dólares y no pesos. Tal vez hemos simplificado el ejemplo en demasía, dado que no se incorpora el efecto de la emisión y el mercado del dinero puntualmente, pero para los fines de la explicación es pertinente y muestra una dinámica que en economía es insoslayable.
Haber mantenido un peso igual un dólar en la década del 90 significó que la productividad media de la República Argentina se incrementó en igual intensidad que la productividad media de Estados Unidos. Y es ahí donde el modelo de convertibilidad falló y debió haber sido ajustada la simetría ya en 1994.
Ahora bien, mantener vía intervención durante un cierto tiempo una paridad nominal sin ajustes -supongamos de 4,5 a 1-, entre dos economías asimétricas como la Argentina y la de Estados Unidos, recrea igualmente el efecto mencionado sobre la convertibilidad.
Solo debemos cambiar el número 1 por el número 4,5 en los billetes y, si se mantiene inamovible esa paridad a lo largo de los meses, estamos esencialmente montados en la misma dinámica que en plena época convertible. Hoy la paridad está apuntalada por otro tipo de intervención, nuevamente un factor exógeno a los determinantes estructurales que definen la paridad de las monedas está obturando la tendencia a sus equilibrios; en algún sentido continuamos en convertibilidad. Argentina en los últimos años ha controlado el mercado cambiario haciendo todo lo posible para anclarlo y dejarlo librado tan solo a pequeños movimientos por temor a la escalada inflacionaria, de esta manera la productividad estructural Argentina es obligada a correr en paralelo a la de Estados Unidos, representada por el dólar. Intentar algo así es como obligar a un niño que comienza a dar sus primeros pasos, a mantener los tiempos de Usain Bolt en la prueba de 100 metros de velocidad. Primera falacia del discurso al descubierto.
En otro momento la presidente hizo referencia a la cantidad de dólares per cápita que poseen los habitantes argentinos, argumentando que los brasileros poseen algo así como 6 dólares y los argentinos alrededor de 1300. Es sencillo confirmar la veracidad de tal aseveración con tan solo multiplicar esos números por la cantidad de habitantes y comparar el resultado con las reservas líquidas de una y otra economía. Haciendo esto podemos ver que el dato para argentina da 52 mil millones de dólares, aunque para Brasil da tan solo mil doscientos.
Para ejemplificar lo que significa manejar los números de la manera que lo hace nuestra presidente y sus asesores, recurriré a un ejemplo sencillo de la cotidianeidad de nuestras vidas. Imaginemos a Rodrigo, un joven de mediana edad que observa los efectos del invierno en su abdomen prominente y decide ir a un gimnasio con la intención de verse bien en este verano que se avecina. El dueño del gimnasio y a sabiendas de la competitividad de los hombres por levantar más y más peso decide, para incrementar su clientela, cambiar los números de las pesas.
Así, los discos que pesan 5 kilogramos los denomina con una inscripción que dice 10 Kgs, a los de 10 con 20 y así para todos los pesos del gimnasio. De ésta forma y al poco tiempo de comenzado el trabajo, Rodrigo encontrará rápidamente que levanta pesos insospechados, se siente fuerte y adentro del gimnasio todo es alegría y vigor; las personas levantan cientos de kilogramos y se van de allí satisfechas a sus hogares.
Pero como la vida no se reduce a un entorno cerrado y simulado en una forma tan acotada y predecible, tarde o temprano llegará el momento en que Rodrigo irá, por caso, a un cumpleaños. Charlando con amigos decide contar que en el gimnasio levanta ciento cincuenta kilogramos en el ejercicio de pecho. Sorprendidos al principio y observando la simetría de su cuerpo, sus amigos descreerán de la afirmación y, con cierta dosis de jactancia, transformarán a nuestro entrañable Rodrigo en el hazmerreír del cumpleaños. Sin embargo, hastiado y con la fuerza del convencimiento, Rodrigo se empuja a redoblar la apuesta. Propone entonces para ir al día siguiente al gimnasio que designen para demostrar su fuerza efectiva.
Llegado el momento colocan sobre sus brazos el rigor de ciento cincuenta VERDADEROS KILOGRAMOS de puro hierro. A sabiendas de la imposibilidad de Rodrigo y “conociendo el paño”, cuidan de no soltar todo el peso sobre la humanidad del entrañable proyecto de atleta, lo hacen lentamente y ven como su cara comienza a emanar gestos de un esfuerzo inconmensurable, cambia la tonalidad del color de la piel a la vez que denota cierta desdicha y desilusión en el movimiento de sus cejas y su frente.
Luego de unos minutos y en medio de intercambios para atemperar el desasosiego de Rodrigo, quitan peso y dejan la barra con 75 kilogramos. Rodrigo se entrega a un nuevo esfuerzo y ve que ahora si, su fuerza se corresponde con el movimiento.
Terminada la experiencia entonces, Rodrigo indica que había sido instruido con otros pesos y otros parámetros, a lo que sus amigos responden que los pesos eran los mismos que aquí cuando elevó el hierro puro, que eso no había cambiado a términos de la física, sino que el dueño del gimnasio a donde había desarrollado su entrenamiento era un mentiroso; que un kilo es eso que tanto le costó aquí y no aquello otro que tan poco sintió allí. Terminan la experiencia de luz que el encuentro permitió con una frase y una amigable palmada de hombro; “Bienvenido a la realidad…”.
Hoy en Argentina los trabajadores están sufriendo el efecto Rodrigo aunque aún no lo han percibido con la contundencia del ejemplo. El dueño del gimnasio (o mejor dicho la dueña) comienza a necesitar cerrar libertades para evitar la socialización y el intercambio económico individual de sus dirigidos con el resto del mundo. Paralelamente, pretende indicar a otros gimnasios que el concepto de peso -la denominación kilogramo-, no es el que a lo largo del tiempo han creído que era y que, en definitiva, todo esto es una construcción fruto de negociaciones y pujas sociopolíticas. Olvida la representación de la producción que tales números conllevan en sí mismos, la cantidad de peso en bienes y servicios que un billete puede levantar y que depende directamente de la productividad del trabajo y del fondo de trabajo acumulado y acumulable de una economía; SU FUERZA.
A diferencia del entrañable Rodrigo nuestra presidente y sus asesores no se atreven a probar sus postulados con el rigor de la experiencia, y es por eso que desdeñan y evitan ser preguntados; se saben interpelados. Saben más que ninguno de nosotros que, a ciencia cierta y con el peso adecuado, la economía argentina mostrará su fuerza como Rodrigo con ciento cincuenta kilogramos en sus frágiles brazos.
jueves, 7 de julio de 2011
¿Crisis o toma de ganancias planificada?
Si al siguiente video le agregamos que los valores monetarios que se muestran esfumados, finalmente aparecieron en forma de inyecciones de reactivación, podremos concluir que no existió crisis alguna, sino una formidable creación de ganancias y trasnferencia.
lunes, 20 de junio de 2011
Henry Kissinger, aún ahí...
Un emblemático personaje de las relaciones exteriores de la segunda parte del siglo pasado, aún sigue latente en la programación del nuevo orden mundial. Tal vez más latente que nunca; aquí en un tramo particularmente interesante de una entrevista que le ha realizado Charlie Rose a los pocos meses del desarrollo de la llamada "crisis Sub-Prime".
viernes, 3 de junio de 2011
Doscientos años de expansión del comercio
Sobran las palabras
lunes, 30 de mayo de 2011
Argentina y la sustitución de importaciónes
Comercio exterior / China es el socio comercial más afectado
La Argentina lidera el ranking de países más proteccionistas
Es la economía en la que rigen más medidas para frenar el ingreso de productos importados
Jorge Oviedo
LA NACION
La Argentina se ha transformado en el país más proteccionistas del planeta por la gran cantidad de medidas contra las importaciones que ha adoptado y por el número de países a los que ha afectado con ellas. Con todo, la Argentina parece no tener demasiado éxito, ya que según las últimas estadísticas oficiales las importaciones crecieron 38% en el primer cuatrimestre del año, mientras que el valor exportado creció 12% por efecto del aumento de los precios, ya que los volúmenes colocados en el extranjero decrecieron.
El seguimiento del número de medidas proteccionistas que se encuentran vigentes muestra a la Argentina en el primer lugar, con 121 medidas, mientras que en segundo lugar se ubica la Federación Rusa, con 119.
Los datos pertenecen a Global Trade Alert (GTA), una organización independiente que está coordinada por el Centro para la Investigación de la Política Económica (CEPR es la sigla en inglés), una red de 750 investigadores básicamente de universidades europeas que tiene base en Londres. El GTA complementa y va más allá de las iniciativas de la Organización Mundial de Comercio y el Banco Mundial identificando los socios comerciales que pueden ser afectados por medidas estatales.
Los datos muestran que los más afectados por las restricciones argentinas son China (65 medidas), Tailandia (40), Indonesia (39), Malasia (38), Singapur (38), Corea del Sur (38), Vietnam (37), Hong Kong (35), Brasil y Paquistán (31), Corea del Norte (29), Alemania (28), Italia y España (27), Estados Unidos (25) y Uruguay (24). Las medidas se adoptan en general por tipo de productos y cada una suele afectar a más de un país.
En la página web de GTA, tanto los funcionarios como los operadores de comercio exterior pueden ingresar y reportar medidas restrictivas, lo que colabora para que la base de datos se mantenga actualizada en tiempo real. Pero en el caso de la Argentina pareciera que este método no permite medir muchas de las restricciones que no son escritas, muchas de las cuales hicieron estallar el conflicto todavía no resuelto con Brasil. Las dilaciones inexplicables, las prohibiciones de importar que no tienen fundamento alguno y que muchas veces son sólo verbales no están contabilizadas en la estadística.
Pese a las medidas de protección, la Argentina terminó 2010 con un déficit de casi US$ 1700 millones con el resto de los socios del Mercosur, básicamente por el rojo en el intercambio con Brasil, y de poco más de US$ 2000 millones con el Nafta. Justamente, varias de las medidas afectan a Brasil, Uruguay, Estados Unidos y Canadá.
En rojo
En los primeros cuatro meses las compras al resto del Mercosur aumentaron 31%, mientras que las ventas sólo crecieron 29%, según los datos del Indec, lo que hace prever un crecimiento del rojo comercial con esa región este año. Algo parecido ocurrió con el Nafta. Las compras crecieron 45% y las ventas sólo 36%, lo que hizo que en sólo cuatro meses se acumulara un déficit superior a la mitad del registrado en todo 2010 (US$ 1300 millones).
El Gobierno ha estado exigiendo a las compañías que inviertan y produzcan en la Argentina si quieren poder importar productos, e incluso restringiendo y hasta prohibiendo la entrada de productos a quienes no lo hacen.
Por ejemplo, paralizó el ingreso de automotores y motocicletas BMW. A otras automotrices les exigió presentar planes para reducir el volumen de compras externas y reemplazarlo por producción local.
Fuentes del sector además aseguraron que los que se demoraron en hacer las presentaciones sufrieron otra clase de presiones. Según los informantes, algunas amenazas de sanciones por supuestos incumplimientos impositivos y la eliminación de preferencias arancelarias para algunos modelos habrían tenido ese origen. Curiosamente, la Argentina enfrenta tensiones comerciales con Chile por la aplicación de medidas proteccionistas, pero sin embargo en 2010 el saldo comercial le resultó superavitario en casi US$ 3600 millones. Según Global Trade Alert, el país trasandino está afectado por 24 medidas argentinas, aunque también Chile aplicó diferentes medidas contra productos argentinos.
Según las estadísticas, la Argentina aparece como un país con un mercado mucho más cerrado que los europeos, a los que el Gobierno suele citar como justificación para las restricciones y subsidios que aplica. La lista de medidas argentinas incluye las famosas licencias no automáticas que han causado el encontronazo con Brasil, la aplicación de cuotas y de precios de referencia.
La gran cantidad de medidas que afectan a países asiáticos tiene que ver con la protección del mercado textil realizada por la actual administración. Se trata de un sector que habitualmente defiende las medidas de restricción a las importaciones y que últimamente también respaldó a la actual administración en el diferendo con Brasil.
La Argentina también aparece en las estadísticas de Global Trade Alert como afectada por 236 medidas restrictivas de otros países. De Brasil sólo figuran ocho. El primer puesto es claramente para quien disputa el podio del más proteccionista del mundo: Rusia, con 21 decisiones para restringir compras a nuestro país.
Con todo, la Argentina no es el más afectado en cantidad de medidas por Rusia, que ha elevado el mayor número de barreras, siempre según GTA, contra sus vecinos europeos y algunos de los que fueron satélites de la desaparecida Unión Soviética.
La Argentina lidera el ranking de países más proteccionistas
Es la economía en la que rigen más medidas para frenar el ingreso de productos importados
Jorge Oviedo
LA NACION
La Argentina se ha transformado en el país más proteccionistas del planeta por la gran cantidad de medidas contra las importaciones que ha adoptado y por el número de países a los que ha afectado con ellas. Con todo, la Argentina parece no tener demasiado éxito, ya que según las últimas estadísticas oficiales las importaciones crecieron 38% en el primer cuatrimestre del año, mientras que el valor exportado creció 12% por efecto del aumento de los precios, ya que los volúmenes colocados en el extranjero decrecieron.El seguimiento del número de medidas proteccionistas que se encuentran vigentes muestra a la Argentina en el primer lugar, con 121 medidas, mientras que en segundo lugar se ubica la Federación Rusa, con 119.
Los datos pertenecen a Global Trade Alert (GTA), una organización independiente que está coordinada por el Centro para la Investigación de la Política Económica (CEPR es la sigla en inglés), una red de 750 investigadores básicamente de universidades europeas que tiene base en Londres. El GTA complementa y va más allá de las iniciativas de la Organización Mundial de Comercio y el Banco Mundial identificando los socios comerciales que pueden ser afectados por medidas estatales.
Los datos muestran que los más afectados por las restricciones argentinas son China (65 medidas), Tailandia (40), Indonesia (39), Malasia (38), Singapur (38), Corea del Sur (38), Vietnam (37), Hong Kong (35), Brasil y Paquistán (31), Corea del Norte (29), Alemania (28), Italia y España (27), Estados Unidos (25) y Uruguay (24). Las medidas se adoptan en general por tipo de productos y cada una suele afectar a más de un país.
En la página web de GTA, tanto los funcionarios como los operadores de comercio exterior pueden ingresar y reportar medidas restrictivas, lo que colabora para que la base de datos se mantenga actualizada en tiempo real. Pero en el caso de la Argentina pareciera que este método no permite medir muchas de las restricciones que no son escritas, muchas de las cuales hicieron estallar el conflicto todavía no resuelto con Brasil. Las dilaciones inexplicables, las prohibiciones de importar que no tienen fundamento alguno y que muchas veces son sólo verbales no están contabilizadas en la estadística.
Pese a las medidas de protección, la Argentina terminó 2010 con un déficit de casi US$ 1700 millones con el resto de los socios del Mercosur, básicamente por el rojo en el intercambio con Brasil, y de poco más de US$ 2000 millones con el Nafta. Justamente, varias de las medidas afectan a Brasil, Uruguay, Estados Unidos y Canadá.
En rojo
En los primeros cuatro meses las compras al resto del Mercosur aumentaron 31%, mientras que las ventas sólo crecieron 29%, según los datos del Indec, lo que hace prever un crecimiento del rojo comercial con esa región este año. Algo parecido ocurrió con el Nafta. Las compras crecieron 45% y las ventas sólo 36%, lo que hizo que en sólo cuatro meses se acumulara un déficit superior a la mitad del registrado en todo 2010 (US$ 1300 millones).
El Gobierno ha estado exigiendo a las compañías que inviertan y produzcan en la Argentina si quieren poder importar productos, e incluso restringiendo y hasta prohibiendo la entrada de productos a quienes no lo hacen.
Por ejemplo, paralizó el ingreso de automotores y motocicletas BMW. A otras automotrices les exigió presentar planes para reducir el volumen de compras externas y reemplazarlo por producción local.
Fuentes del sector además aseguraron que los que se demoraron en hacer las presentaciones sufrieron otra clase de presiones. Según los informantes, algunas amenazas de sanciones por supuestos incumplimientos impositivos y la eliminación de preferencias arancelarias para algunos modelos habrían tenido ese origen. Curiosamente, la Argentina enfrenta tensiones comerciales con Chile por la aplicación de medidas proteccionistas, pero sin embargo en 2010 el saldo comercial le resultó superavitario en casi US$ 3600 millones. Según Global Trade Alert, el país trasandino está afectado por 24 medidas argentinas, aunque también Chile aplicó diferentes medidas contra productos argentinos.
Según las estadísticas, la Argentina aparece como un país con un mercado mucho más cerrado que los europeos, a los que el Gobierno suele citar como justificación para las restricciones y subsidios que aplica. La lista de medidas argentinas incluye las famosas licencias no automáticas que han causado el encontronazo con Brasil, la aplicación de cuotas y de precios de referencia.
La gran cantidad de medidas que afectan a países asiáticos tiene que ver con la protección del mercado textil realizada por la actual administración. Se trata de un sector que habitualmente defiende las medidas de restricción a las importaciones y que últimamente también respaldó a la actual administración en el diferendo con Brasil.
La Argentina también aparece en las estadísticas de Global Trade Alert como afectada por 236 medidas restrictivas de otros países. De Brasil sólo figuran ocho. El primer puesto es claramente para quien disputa el podio del más proteccionista del mundo: Rusia, con 21 decisiones para restringir compras a nuestro país.
Con todo, la Argentina no es el más afectado en cantidad de medidas por Rusia, que ha elevado el mayor número de barreras, siempre según GTA, contra sus vecinos europeos y algunos de los que fueron satélites de la desaparecida Unión Soviética.
domingo, 29 de mayo de 2011
La Crisis en 30 minutos
La crisis observada claramente por Jesús Huerta de Soto.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Inflación; poniendo las cosas en su lugar.
Juan Ramon Rallo nos pone en perspectiva en un claro y compacto desarrollo sobre lo que significó "la revolución Keynesiana" en la historia del desarrollo de la ciencia económica.
La esquizofrenia inflacionista de los keynesianos
por Juan Ramón Rallo
Juan Ramón Rallo Julián es Director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana (España).
He comentado en numerosas ocasiones que uno de los atractivos de la Teoría General de John Maynard Keynes es que le da la vuelta completamente a todo el saber convencional en materia económica. Tuvo que ser fascinante para toda una generación de economistas, frustrados por su impotencia ante los acontecimientos de la Gran Depresión, que un iluminado apareciera con un recetario mágico diciéndoles y convenciéndoles de que todo cuanto habían aprendido hasta el momento era falso y que para hallar la verdad sólo debían profesar fe en todo lo contrario a lo que habían estudiado.
Es un ejercicio interesante pasar las páginas de la Teoría General en búsqueda de disparates, sinsentidos y tergiversaciones. Al lector ducho en economía le costará sin duda no localizar una página con varios errores. Uno de tantos es el tratamiento que Keynes hace de los tipos de interés. Hasta la “revolución” que supuso el inglés, los tipos de interés eran considerados como la prima de valor de los bienes presentes sobre los bienes futuros (preferencia temporal): cuanto más dispuestos estuvieran los consumidores a diferir su consumo, más bajos resultarían estos.
Para Keynes, sin embargo, los tipos de interés del dinero —que son en su opinión los realmente relevantes— dependen en primera instancia de la preferencia por la liquidez: si la gente quiere atesorar mucho dinero, los tipos de interés subirán y si, en cambio, está dispuesta a invertir su dinero atesorado en renta fija, los tipos de interés bajarán.
La divergencia entre la visión austriaca y la keynesiana tiene una relevancia enorme. Para los austriacos, ahorro e inversión necesariamente van de la mano: si se ahorra mucho, los tipos de interés bajarán (por la menor preferencia temporal), de modo que inversiones que no eran rentables pasarán a serlo, generándose una demanda de inversión que absorberá el exceso de ahorro. Por el contrario, si la demanda de inversión aumenta sin que lo haya hecho la preferencia temporal, los tipos de interés subirán, lo que llevará a los empresarios a competir por captar unos recursos dados para implementar sus proyectos —desplazando a los empresarios marginalmente menos rentables— o a los consumidores a incrementar su ahorro para sufragar todas las nuevas demandas de inversión —cuando, por ejemplo, se produce un adelanto tecnológico que promete una elevada rentabilidad y que requiere de un aumento temporal del ahorro para su implementación—.
Para los keynesianos, ahorro e inversión también van de la mano, pero en un sentido distinto: el ahorro se genera automáticamente a partir de los deseos de inversión de los agentes. Si la inversión agregada aumenta, la renta agregada lo hará y, con ella, el ahorro necesario para sufragar las inversiones iniciales; si, por el contrario, la inversión agregada se desploma, la renta agregada también lo hará y, con ella, el volumen de ahorro disponible. Keynes, por consiguiente, temía que el volumen de inversión agregado —determinado no por el tipo de interés, sino por la eficiencia marginal del capital— no fuera suficiente para sustentar una renta agregada creciente; esto es, que la inversión no fuera capaz de absorber todo el ahorro que iba quedando disponible conforme nos enriquecíamos y que, por consiguiente, ese ahorro se autodestruyera cuando la renta agregada decreciera por la parca inversión agregada. En definitiva, Keynes deseaba que la demanda de inversión siempre se encontrara por encima de la oferta de ahorro pues, al final, ambos se igualarían y más valía que se igualaran por lo alto que por lo bajo.
Ahora bien, ¿qué sucederá, según hemos visto, en el mercado de capitales cuando la demanda de inversión supere a la oferta de ahorro? ¿Qué pasará cuando los empresarios quieran invertir más o cuando los capitalistas deseen ahorrar menos? Pues que los tipos de interés subirán. El análisis keynesiano, por consiguiente, debería ver con buenos ojos las situaciones en las que los tipos de interés están muy altos, pues ahí es evidente que todo el ahorro es absorbido en feroz competencia por los empresarios.
Y, sin embargo, dado que resulta empíricamente absurdo sostener que los altos tipos de interés favorecen el crecimiento, el marco keynesiano se las arregla para contradecirse a sí mismo y que los tipos de interés elevados sean una de las mayores amenazas contra la prosperidad, básicamente por dos motivos: primero porque se supone que los altos tipos de interés van asociados con una elevada preferencia por la liquidez (atesoramiento) que obstaculiza la inversión y, segundo, porque se considera que el empresario sólo invertirá cuando la rentabilidad esperada de su plan de negocios supere los tipos de interés, de modo que cuanto más elevados sean éstos, menos incentivos habrá para invertir.
Al margen de las inconsistencias teóricas (la preferencia por la liquidez no eleva necesariamente todos los tipos de interés: puede elevar los tipos a largo y reducir los tipos a corto) y empíricas (casualmente, los períodos en los que el atesoramiento es más elevado suelen ir asociados con períodos en los que los tipos de interés a largo plazo son muy bajos), lo cierto es que el keynesiano es un teórico esquizofrénico que estará permanentemente insatisfecho: si para que su Edén se materialice es necesario que los tipos de interés sean altos, pero al tiempo asocia los altos tipos de interés con la miseria, lo lógico es que siempre que las tasas de interés se eleven —momento en el que un keynesiano debiera estar más calmado y satisfecho— propugne una política monetaria expansiva que las reduzca. Asimismo, cuando se produzca un colapso de la demanda de inversión que provoque una caída de los tipos de interés, los keynesianos defenderán la necesidad de reducirlos aún más, pues no asociarán la minoración inicial con una menor demanda de inversión, sino con una menor preferencia por la liquidez; mas si la demanda de inversión ha colapsado, desde luego no se conseguirá reavivarla con menores tipos, por lo que las facilidades crediticias sólo redundarán en una trampa de la iliquidez que retrase los ajustes en la economía real y en un mayor endeudamiento del Estado que distorsione el proceso de ajuste.
En otras palabras, el keynesiano, por su propio paradigma teórico, se verá siempre abocado a sustituir las carencias de ahorro con respecto a una demanda creciente de inversión por un aumento del crédito bancario no respaldado por ahorro; es decir, sustituirá ahorro por inflación y con ello engendrará un ciclo económico que, a corto plazo —durante el boom económico—, le moverá a la confusión de pensar que, en efecto, la reducción artificial de los tipos de interés ha permitido aumentar la demanda agregada y, con ella, la renta agregada.
El keynesianismo, en suma, sólo es compatible con un sistema económico sumido en recurrentes crisis. Su deficiente comprensión de los tipos de interés le conduce a una esquizofrenia: desear que la demanda de inversión supere la oferta de ahorro pero aborrecer la manifestación que, tal circunstancia, debería tener en los tipos de interés. De ahí a las expansiones descontroladas de crédito fiduciario hay sólo un paso que en las últimas décadas los keynesianos no han dudado ni siquiera un segundo en dar.
Juan Ramón Rallo Julián es Director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana (España).
He comentado en numerosas ocasiones que uno de los atractivos de la Teoría General de John Maynard Keynes es que le da la vuelta completamente a todo el saber convencional en materia económica. Tuvo que ser fascinante para toda una generación de economistas, frustrados por su impotencia ante los acontecimientos de la Gran Depresión, que un iluminado apareciera con un recetario mágico diciéndoles y convenciéndoles de que todo cuanto habían aprendido hasta el momento era falso y que para hallar la verdad sólo debían profesar fe en todo lo contrario a lo que habían estudiado.
Es un ejercicio interesante pasar las páginas de la Teoría General en búsqueda de disparates, sinsentidos y tergiversaciones. Al lector ducho en economía le costará sin duda no localizar una página con varios errores. Uno de tantos es el tratamiento que Keynes hace de los tipos de interés. Hasta la “revolución” que supuso el inglés, los tipos de interés eran considerados como la prima de valor de los bienes presentes sobre los bienes futuros (preferencia temporal): cuanto más dispuestos estuvieran los consumidores a diferir su consumo, más bajos resultarían estos.
Para Keynes, sin embargo, los tipos de interés del dinero —que son en su opinión los realmente relevantes— dependen en primera instancia de la preferencia por la liquidez: si la gente quiere atesorar mucho dinero, los tipos de interés subirán y si, en cambio, está dispuesta a invertir su dinero atesorado en renta fija, los tipos de interés bajarán.
La divergencia entre la visión austriaca y la keynesiana tiene una relevancia enorme. Para los austriacos, ahorro e inversión necesariamente van de la mano: si se ahorra mucho, los tipos de interés bajarán (por la menor preferencia temporal), de modo que inversiones que no eran rentables pasarán a serlo, generándose una demanda de inversión que absorberá el exceso de ahorro. Por el contrario, si la demanda de inversión aumenta sin que lo haya hecho la preferencia temporal, los tipos de interés subirán, lo que llevará a los empresarios a competir por captar unos recursos dados para implementar sus proyectos —desplazando a los empresarios marginalmente menos rentables— o a los consumidores a incrementar su ahorro para sufragar todas las nuevas demandas de inversión —cuando, por ejemplo, se produce un adelanto tecnológico que promete una elevada rentabilidad y que requiere de un aumento temporal del ahorro para su implementación—.
Para los keynesianos, ahorro e inversión también van de la mano, pero en un sentido distinto: el ahorro se genera automáticamente a partir de los deseos de inversión de los agentes. Si la inversión agregada aumenta, la renta agregada lo hará y, con ella, el ahorro necesario para sufragar las inversiones iniciales; si, por el contrario, la inversión agregada se desploma, la renta agregada también lo hará y, con ella, el volumen de ahorro disponible. Keynes, por consiguiente, temía que el volumen de inversión agregado —determinado no por el tipo de interés, sino por la eficiencia marginal del capital— no fuera suficiente para sustentar una renta agregada creciente; esto es, que la inversión no fuera capaz de absorber todo el ahorro que iba quedando disponible conforme nos enriquecíamos y que, por consiguiente, ese ahorro se autodestruyera cuando la renta agregada decreciera por la parca inversión agregada. En definitiva, Keynes deseaba que la demanda de inversión siempre se encontrara por encima de la oferta de ahorro pues, al final, ambos se igualarían y más valía que se igualaran por lo alto que por lo bajo.
Ahora bien, ¿qué sucederá, según hemos visto, en el mercado de capitales cuando la demanda de inversión supere a la oferta de ahorro? ¿Qué pasará cuando los empresarios quieran invertir más o cuando los capitalistas deseen ahorrar menos? Pues que los tipos de interés subirán. El análisis keynesiano, por consiguiente, debería ver con buenos ojos las situaciones en las que los tipos de interés están muy altos, pues ahí es evidente que todo el ahorro es absorbido en feroz competencia por los empresarios.
Y, sin embargo, dado que resulta empíricamente absurdo sostener que los altos tipos de interés favorecen el crecimiento, el marco keynesiano se las arregla para contradecirse a sí mismo y que los tipos de interés elevados sean una de las mayores amenazas contra la prosperidad, básicamente por dos motivos: primero porque se supone que los altos tipos de interés van asociados con una elevada preferencia por la liquidez (atesoramiento) que obstaculiza la inversión y, segundo, porque se considera que el empresario sólo invertirá cuando la rentabilidad esperada de su plan de negocios supere los tipos de interés, de modo que cuanto más elevados sean éstos, menos incentivos habrá para invertir.
Al margen de las inconsistencias teóricas (la preferencia por la liquidez no eleva necesariamente todos los tipos de interés: puede elevar los tipos a largo y reducir los tipos a corto) y empíricas (casualmente, los períodos en los que el atesoramiento es más elevado suelen ir asociados con períodos en los que los tipos de interés a largo plazo son muy bajos), lo cierto es que el keynesiano es un teórico esquizofrénico que estará permanentemente insatisfecho: si para que su Edén se materialice es necesario que los tipos de interés sean altos, pero al tiempo asocia los altos tipos de interés con la miseria, lo lógico es que siempre que las tasas de interés se eleven —momento en el que un keynesiano debiera estar más calmado y satisfecho— propugne una política monetaria expansiva que las reduzca. Asimismo, cuando se produzca un colapso de la demanda de inversión que provoque una caída de los tipos de interés, los keynesianos defenderán la necesidad de reducirlos aún más, pues no asociarán la minoración inicial con una menor demanda de inversión, sino con una menor preferencia por la liquidez; mas si la demanda de inversión ha colapsado, desde luego no se conseguirá reavivarla con menores tipos, por lo que las facilidades crediticias sólo redundarán en una trampa de la iliquidez que retrase los ajustes en la economía real y en un mayor endeudamiento del Estado que distorsione el proceso de ajuste.
En otras palabras, el keynesiano, por su propio paradigma teórico, se verá siempre abocado a sustituir las carencias de ahorro con respecto a una demanda creciente de inversión por un aumento del crédito bancario no respaldado por ahorro; es decir, sustituirá ahorro por inflación y con ello engendrará un ciclo económico que, a corto plazo —durante el boom económico—, le moverá a la confusión de pensar que, en efecto, la reducción artificial de los tipos de interés ha permitido aumentar la demanda agregada y, con ella, la renta agregada.
El keynesianismo, en suma, sólo es compatible con un sistema económico sumido en recurrentes crisis. Su deficiente comprensión de los tipos de interés le conduce a una esquizofrenia: desear que la demanda de inversión supere la oferta de ahorro pero aborrecer la manifestación que, tal circunstancia, debería tener en los tipos de interés. De ahí a las expansiones descontroladas de crédito fiduciario hay sólo un paso que en las últimas décadas los keynesianos no han dudado ni siquiera un segundo en dar.
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